“Amaranta se sintió tan incómoda con su dicción viciosa,
y con su hábito de usar un eufemismo para designar cada cosa, que siempre
hablaba delante de ella en jerigonza”.
- Esfetafa
– decía – esfe defe lasfa quefe lesfe tifiefenenfe asfacofo afa sufu profopifiafa
mifierfedafa.
(Gabriel García Márquez).
“El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y al
último se lo están comiendo las hormigas”. (Gabriel García Márquez).
“Y mientras tanto qué comemos”, preguntó, y agarró al
coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía.
- Dime,
qué comemos.
- El
coronel necesitó setenta y cinco años – los setenta y cinco años de su vida,
minuto a minuto para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito,
invencible, en el momento de responder:
- Mierda. (Gabriel García Márquez).
“Empezaban a desayunar empapado de sangre llevando en las
manos el racimo de sus entrañas. Poncho Lanao me dijo: “Lo que nunca pude
olvidar fue el terrible olor a mierda”. (Gabriel García Márquez).
“Que se vayan a la mierda. Si alguna ventaja tenemos las
viudas, es que no nos queda nadie que nos mande”. (Gabriel García Márquez).
“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda
y cómo la recuerda para contarla”.
(Gabriel García Márquez).
“El día que la mierda tenga algún valor, los pobres
nacerán sin culo”.
(Gabriel García Márquez).
(El otoño del patriarca)
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